Llega a la vieja y oscura casa, cansado del diario de la vida, mamado y mojado como todos los días. Se recuesta un rato para disipar la decepción de su mente.
Llueve torrencialmente, golpes fuertes truenan en su tejado de barro que amplifican el sonido cual concierto multitudinario; mientras el ve los rayos caer se dispone a comenzar sus queceres, pero se siente algo desubicado, cree qe falta algo, al fin recuerda que debe escribir sobre un putrefacto tomate que mas prefiere arrojárselo a un político que contarle una historia, aún así, sumiso en su deber académico busca el tan anhelado tomate que no encuentra en su lugar habitual, lo que le sube la ira de nuevo a su cabeza, de repente, un estruendoso grito se escucha –Anastacio, ya está el almuerzo mijo- grita su madre desde el otro lado de la casa.
-que bueno, con el estomago lleno de uno de esos buenos guisos de mi madre podré calmarme un poco- reflexionó. Se dirigió al comedor con buen semblante que no duró mucho; después de ver que su madre había preparado lo que menos le gustaba, ese famoso frito de verduras que parece que hubiera sido digerido y regurgitado unas cuantas veces, que rodeaba todo el plato de varios sabrosos alimentos embarrandolos todos como un vómito. Su madre un poco ciega y olvidadiza cree que él está felíz por esa buena merienda que le hizo con tanto cariño, él por su parte, sumiso de nuevo, procede a comerse todo con gran disgusto hasta con asco. Al cabo de una eternidd termina su plato y mas malhumorado que antes vuelve a buscar con brusquedad su tarea, rebluja toda la pieza cuando comienza a sentir un dolor punzante en el estomago, intenta regañar a su buena madre pero el dolor solo le permite recostarse y quejarse, su rabia y su dolor le consumen las energías, hasta que de repente escucha a su odiada madre -mijo, si le gustó el hogao, es que lo hice con puro tomate pintón-